jueves, 3 de noviembre de 2016

Los límites de la ficción






Me confieso una maniática del límite. Necesito controlarlo. Al comenzar un libro o al hojear una revista siempre tengo la obsesión de ir al final y comprobar cuántas páginas tiene. Lo mismo me ocurre al pulsar el PLAY ante un vídeo o una película. Conocer el tiempo de metraje me ayuda a relajarme en el asiento y disfrutarlo como una espectadora más.

Sé que es una necesidad muy mía esta de controlar las experiencias. ¿Una neurosis? No lo sé. Jamás se lo pregunté a ningún psicoanalista. Aunque Woody Allen no hace más que pagar divanes y tras ver sus últimas películas (no muy largas, todo sea dicho) me pregunto si de verdad le sirven para algo. Yo prefiero ir a lo práctico. Liberar mis chifladuras con manías soportables: no pedir tostadas si la mermelada no es de fresa, no escribir una línea si no dispongo de un mínimo de dos horas por delante y no comprar en Renfe sin haber revisado tres veces que la fecha y el destino son correctos.

Ser una maniática del control es similar a cuando te sale un grano: a veces molesta, pero no da demasiados problemas. Sólo incomoda de vez en cuando. Como esas ocasiones en las que compras una hora de masaje y lo pasas francamente mal sin un reloj que te chive cuánto tiempo de placer te queda. O cuando te invitan a un vino caro y eres incapaz de disfrutarlo mientras calculas cuánto cuesta la copa, el sorbo o la gota que cae de la botella.

Os parecerá divertido. Pero se vuelve un asco con las situaciones difíciles. Las verdaderamente cruentas. Te sientes como Sandra Bullock en mitad del espacio sin nada tangible a lo que agarrarte.

A los neuróticos nos resulta muy angustioso desconocer cuánto va a durar el tiempo de tortura. En las ocasiones terribles pagaríamos por una pitonisa de confianza. Llevo tiempo pensando en esto y en mi vinculación con la escritura. Porque está relacionado, os lo prometo. Tras unos cuantos años de auto-análisis sé que acotar las situaciones con límites nos ayuda a sentirnos confortados.

Pienso en ello durante estos días en los que me ocupo de mis nuevos personajes. Crear novelas es difícil, pero no tanto como encontrar un final digno para cada historia. A pesar de ello, creo que los escritores tenemos mucha suerte: jugamos con la realidad de otros y decidimos dónde detenerla. ¿Una prolongación de nuestras ansias del control? Probablemente.

A veces envidio a mis personajes. Qué suerte ser ellos y disponer de coto privado. Cerrar la contraportada de sus vidas sabiendo que no queda nada por resolver. Lo es así para la mayoría. Al menos de todos los míos, de los que yo he creado hasta ahora. Para bien o para mal, no quedan interrogantes en sus historias (Qué os pensáis. No soy una autora tan cruel).

El verdadero problema es cuando te encuentras a mitad de la composición y con los personajes suspendidos en el aire. Cuando no sabes qué va a ocurrir con sus destinos y llega la impaciencia. Te muerdes las uñas. Te arrancas el pelo. Te duchas con la crema suavizante en lugar de con el jabón.

Es un completo desatino. Arrasa con tus rutinas. Y reniegas al cielo por haberte otorgado este oficio contradictorio. Éste en el que se te exigen respuestas. Apenas eres capaz de mantener a raya tus propias manías y te cargan con la responsabilidad de velar por la vida de otros. Como si fueras capaz de aportarles soluciones. Como si se hubieran invertido los papeles y esta vez fueras tú el psicoanalista.

Pasas los días como un zombi en cuarentena hasta que entonces, de repente, se enciende la luz. Distingues la bombilla que habías estado buscando y regresas a la zona de confort. Todo cobra sentido. Y te da rabia por no haberlo palpado antes.

Te sientes una estúpida por la tardanza. Y piensas que si en la vida todo fuera tan fácil, abrirías una consulta en la que colocar un diván barato, de esos de IKEA. Que la literatura no da mucho dinero. Sólo bagaje y un campo de ensayo. Tu propia zona beta. Un mundo paralelo en el que resolver tus dilemas.

martes, 11 de octubre de 2016

Cómo ser escritora (de juvenil y de todo lo demás)





Lleva servidora más de un lustro dedicándose profesionalmente a esto de la literatura. Antes era por amor al arte: años de pulir y madurar mientras alternaba con el tiempo del trabajo periodístico. Madrugones considerables. Mucho empeño. Tesón. Esfuerzo. Una historia con final feliz: llegar a la fecha de entrega.

A pesar de este tiempo de bagaje, se podría decir que soy una recién llegada al maravilloso mundo de la literatura. Al lado de otras compañeras que llevan en esto toda una vida, soy consciente de que aún me queda mucho por aprender. Aunque también reconozco que estos cinco años de experiencia profesional han dado pie a buen puñado de anécdotas que van más allá de las estrictamente literarias.

He vivido del placer de publicar mis novelas, de dar charlas, de impartir clases de escritura, asistir a clubs de lectura o incluso de hablar en la radio (cosa que, confieso, me encanta). Más de una vez me han preguntado consejos para llegar a ser escritora. Y siempre caigo en lo obvio, en lo literario. Sin darme cuenta de que en este mundo de casa de muñecas si llevas falda necesitas una paciencia extra.

Tal vez por eso y por otras muchas cosas, la Asociación Clásicas y Modernas en colaboración con la Biblioteca Nacional y FEDEPE se han unido para celebrar el Día de las Escritoras. Lo celebraremos el próximo día 17 de octubre y tenéis toda la información aquí. Os juro que será un día muy importante. Pero, por si no me creéis o hubiera alguna duda al respecto, os transcribo mi colección de anécdotas. Son las vivencias recopiladas a lo largo y ancho de este lustro y creo que justifican con creces todo este tinglado.

Me gano la vida inventando, pero os juro que esto no. Esto es de verdad.


1.

—¿A qué te dedicas?
—Soy escritora.
—¿Y qué escribes?
—Bueno, muchas cosas. Pero sobre todo infantil y juvenil.
—Anda, qué bonito. ¿Y has pensado escribir libros de verdad?
—Mis libros son de verdad.
—Bueno, ya... Me refiero a escribir en serio.


2.
—No hagas una protagonista femenina. Si no, tus libros sólo los comprarán las chicas.

Matizada por la versión b:

—Tienes el peligro de que tu personaje femenino sea más lista de la cuenta.
—¿Se puede ser más lista de la cuenta?
—Claro. Si no, los chicos (masculinos) la rechazarán y no se sentirán identificados.


3.
—¿Qué tal van tus libros?
—Pues bastante bien. Funcionando.
—Vaya, me alegro.
—Gracias.
—De todas formas, que sepas que eso es por los comerciales. Porque eres mujer.
—¿Perdona?
—Sí, verás: como eres chica, y joven, y guapa, te hacen a ti más caso que a nadie.


4.

—Oye fulanito…. Sí, ya vamos para el colegio… Sí… Ya tengo aquí a “la chica”.


5.

En el colegio, antes de la presentación, el ordenador no funciona y te diriges a la profesora:

—Perdona, creo que el ordenador no me reconoce el pen drive de la presentación. 
—¿Ah no?
—No. De todas maneras, creo que deberíais pasar un antivirus.
—¿Tú crees?
—Sí… Mira ocurre esto, esto y esto.
—Bueno, voy a avisar para que venga un hombre y vea qué le pasa al cacharro.


6.

—Cuando mi mujer vio la foto de tu biografía me dijo que ojito.


7.

—Hemos puesto esta foto tuya en grande. Para lucirte bien.


8.

—¿A qué te dedicas?
—Soy escritora.
—Pero, ¿vives de eso?
—Bueno, sí. Me mantengo. Sin alardes pero, SÍ.
—Ah. ¿Y tu novio en qué trabaja?



9.
—No te quejes, que en la literatura juvenil sobre todo sois mujeres.
—¿De veras?
—Sí.
—Y entonces, ¿por qué crees que hay tantos hombres en la lista de los grandes premios?

—Pues porque ahí llegan los mejores. Y los pocos hombres que hay son muy buenos.



miércoles, 5 de octubre de 2016

Un respeto



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Recuerdo que cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, tuvimos unos meses de discutir por cada tontería que se interpusiera entre nosotras. El ambiente era insoportable. La hermana pequeña se erizaba a cada detalle, reivindicando su hueco, mientras la mayor se imponía para no ceder su lugar en la jerarquía. Eso que sucede en las mejores familias. 

Hasta que, una mañana, mi madre se hartó. Y saturada de tanto chillido, tanta disputa y tanto caos, agarró la cabeza de cada una de nosotras y nos las juntó por la frente. Nos mantuvo así unos segundos, obligándonos a permanecer pegadas hasta que nos pidiéramos perdón.

Supongo que era un adelanto de los tiempos que nos tocaría vivir. Pues, tras la lección aprendida, he llegado a la conclusión de que muchos más padres deberían haber juntado las cabezas de sus hijos.

La bronca, los insultos y la falta de maneras se han instalado en el día a día con una sutileza que resulta alarmante. Es como si el mundo se hubiera convertido, de repente, en el Hill Valley alternativo de Biff Tannen.  Mantener el canal en la parrillas de la televisión es un acto de valentía. Al igual que atender a cualquier debate. Y no sólo en las ondas hertzianas. La cosa se ha vuelto tan común que ya apenas nos sorprenden los modos que se gastan en el Congreso, en las redes sociales o incluso en las cenas de Nochebuena.

¿Qué está pasando? Algo grave ha sucedido para que incluso pierdan las formas los que más deberían dar ejemplo de las mismas. Es como si el formato televisivo berlusconiano fuera un virus más potente que esos con los que se empeñan en asustarnos cada cierto tiempo por la tele. 

De veras me planteo que la educación de mis padres no fue la correcta. No son tiempos para el respeto. Observo a amigos que tienen hijos y que se confiesan incapaces de educar a niños respetuosos en un ambiente de la ley del que más grita.

Pienso que algo falla cuando todo esto ocurre. Procuro enfriar mis rabietas y hallar explicaciones. Pero cuando me entero del nuevo sainete protagonizado por los Ministerios de Hacienda y Cultura vuelvo a encabritarme.

Ahora resulta que, por un fallo administrativo, los Premios Nacionales de Cultura (entre los que está el Cervantes, no lo olvidemos) se encuentran suspendidos hasta nuevo aviso. Según el artículo, todo se debe a un bloqueo en la cuenta que ha de suministrar el dinero y, como era de esperar, los respectivos ministerios se echan la culpa uno al otro mientras el resto atendemos ojipláticos.

Tal vez este sea de los pocos espectáculos que aún nos queden, al paso que vamos. ¿Es esta la Marca España que debemos vender al mundo? ¿Un país en el que la reivindicación de su cultura importa tan poco que hasta acaba olvidándose? ¿Un lugar en el que el fomento de la lectura es algo tan anecdótico como alarmante?

Me hago estas preguntas y regreso a la imagen de mi madre, juntándonos las cabezas no por hartazgo, sino por indefensión: la de una madre que se negaba a admitir que nos perdiéramos el respeto a nosotras mismas.

Puede que todo sea cuestión de eso, de parar un momento. De análisis. De calma. De sosiego y de lecturas. Y puede, ingenua de mí, que esta sea la respuesta que iba yo buscando. La que me planteaba al inicio de mi texto. Tal vez sea una cuestión de cultura. Esa que tanto nos hace falta.


lunes, 18 de julio de 2016

Que nos vamos de Celsius




Otro Celsius, señores. Llevo tres semanas restringiendo calorías para hacer frente a este atracón estival de cachopos, sidra y buena literatura. 
Este año he vuelto a encargarme del programa infantil del festival. Suelo comentarlo siempre, pero no está de más que lo repita: es un placer poder traer autores de primera fila sin barreras ni impedimentos. En el Celsius hay barra libre para la literatura infantil y juvenil. Y eso siempre se agradece. 

Como esto ya está que arde (sólo hay que mirar los termómetros), os dejo los actos en los que participaré este año (ya sea entrevistando o como autora). Os aseguro que va a ser una añada de las buenas.

Nos vemos en unas horas.


Miércoles 20

19:00 a 19:20 Presentación de los libros infantiles “Don Quijote de la Mancha” y “El Lazarillo de Tormes” de Ana Campoy, acompañada por Raquel Míguez (Carpa de actividades)

Jueves 21

13:50 a 14:10 Encuentro con el autor David Fernández Sifrés, acompañado de Ana Campoy (Carpa de actividades)

18:00 a 19:00 Taller de pequeños detectives con Ana Campoy (carpa de actividades infantiles)

19:00 a 19:20 Presentación de “Las aventuras de Alfred y Agatha: El robo de la Gioconda” de Ana Campoy, presentada por Javier Ruescas (carpa de actividades)

Viernes 22

11:20 a 11:40 Presentación del libro “Alma y la isla” de Mónica Rodríguez, acompañada por Ana Campoy (carpa de actividades)

13:00 a 13:20 Presentación de la saga “Multicosmos” de Pablo C. Reyna, acompañado de Ana Campoy (carpa de actividades)

18:30 a 19:00 Presentación de la trilogía “Electro” de Javier Ruescas y Manu Carbajo, acompañados por Ana Campoy (carpa de actividades)

19:00 a 19:20 Presentación de “Mala, malísima, Marta” de Carlota Echevarría, acompañada de Ana Campoy (carpa de actividades)

Sábado 23

19:50 a 20:10 Presentación del libro “Cornelia y el intruso del bosque” de Raquel Míguez, acompañada de Ana Campoy (carpa de actividades)

Y para adictos de veras, os dejo aquí el programa completo.

domingo, 10 de julio de 2016

Steiner y la guerra del click




Por culpa de la entrevista a George Steiner (esa que todos nos dedicamos a rebotar en redes estos días) el sábado bajé a comprar El país en su versión en papel. Hacía mucho tiempo que no acudía a un kiosco a por la prensa de fin de semana y me sorprendí a mí misma recordando ese gesto tan propio del cretácico de mi vida.

No me había bastado con leer a Steiner en mi ordenador. Los argumentos eran tan acertados y sus palabras tan inspiradoras que me entró un impulso febril de conservarlas. Me resistía a perderlas en ese cajón inabarcable que es la nube de internet.

Es lo que tienen los unos y ceros, que siempre se olvidan. Cuando las cosas no ocupan espacio es difícil calcular su valor. Se vuelven intangibles. Nos ha pasado con los discos y también con las películas. Antes, cuando los adquirías, los ponías una y otra vez hasta aprendértelos de memoria. Amortizabas ese objeto en el que habías empleado el valor de tres pagas. Pero claro, entonces la cultura tenía un valor y el dinero también jugaba un papel importante.

Al día siguiente de comprar El país (no encontré un hueco a lo largo del sábado) me preparé el desayuno y me senté a degustar de nuevo las palabras de Steiner, esta vez en papel. Hojeé el periódico en busca del Babelia y me alarmé al descubrir un detalle: la de noticias que me habían pasado desapercibidas el día anterior en la versión web.

No parecía el mismo periódico. Era como si alguien se hubiera dedicado a salpicar las tripas del diario con noticias de rango inferior. Informaciones nuevas.

Alarmada, me pregunté si sería por mi culpa. Las primeras planas se nutren de rótulos estrambóticos cuya única misión es que los peces piquen. Ha sido a modo de goteo, apenas sin darnos cuenta. El avance del digital ha supuesto también el atraso del paladar. Basta con el titular y su peligrosidad.

Recuerdo a mi padre leyendo religiosamente la prensa dominical. Pagaba un dinero para estar informado. Ahora ese gesto casi ha desaparecido en favor de la guerra del click. Cuantos más clicks mejor. No importa que la frase de inicio no tenga nada que ver. Da igual. Tú haz click.

El periodismo es una profesión con una dicotomía curiosa. Se asocia a la rapidez, a la premura de la información, cuando también es preciso recordar su necesaria maceración y el reposo en muchas de sus vertientes.

Al hilo de esto, el martes descubrí un maravilloso documental en la 2 sobre el periódico El caso. Explicaba perfectamente esta dicotomía: a pesar de la premura de la publicación semanal y de que sus reporteros tenían que trasladarse rápidamente a cualquier lugar de la geografía, se les permitía impregnarse de la noticia para trasladarla de manera empática. Y aseguran que esa fue una de las claves de su éxito.

Ahora todo eso, al igual que el periódico El caso, es historia. Nos basta con el esqueleto. Nos hemos quedado en un esquema libre de contenido. Nadie se detiene a leer por lo que ha pagado porque, generalmente, no lo paga. Y tal vez ahí esté la trampa. Asociamos el valor de las cosas a lo mucho o poco que nos cuesta adquirirlas.

Mientras terminaba el desayuno con el buen regusto de la entrevista de Steiner, pensé que volvería con los ojos cerrados a la época de la prensa pagada. Regresaría a las buenas costumbres; a los domingos con formato de papel. Y tras pensar todo esto cerré el periódico dispuesta a recuperarlas. A dedicar una mañana del fin de semana a ejercitar mi paladar. Ahora el problema está en ver qué periódico. Encontrar uno que no esté echado a perder.qiuepapel. Ahora el problema sersa escrita pagada. A recuperar las buenas costumbres. z ahl formato papel. Ahora el problema ser



jueves, 30 de junio de 2016

Cambiar de vida



Cuando mi hermana anunció que cambiaba de vida, a todos nos pilló un poco por sorpresa. La gente suele ubicarte en una casilla concreta de la colmena, sobre todo al rozar los treinta. Por eso cuando mi hermana gritó que se ponía el mundo por montera y se marchaba a otra parte a hacer otra cosa, el universo se nos antojó un poco más caótico a todos los que la escuchamos. Cualquier cosa podía pasar. Desde que España ganara Eurovisión hasta que un día, y de repente, se nos muriese David Bowie.

Mientras mi hermana empaquetaba su tesón y se embarcaba hacia su nuevo porvenir, yo me quedé en casa dispuesta a escuchar sus aventuras. Siempre han sido un material excelente para mis novelas y, en este caso, no fue una excepción. Tras semanas de espera y escritura (tranquilos, ese proyecto dará para otro post) descubrí un libro infantil curiosísimo. Éste:



El cuento narra la historia de Tronquito: un tronco de árbol humanizado que da paseos campestres por puro placer.

Al igual que cualquier hipster rural, Tronquito recolecta objetos absurdos que otros han desechado. Después, se decide a catalogarlos y ordenarlos según sus propias preferencias (Tronquito ya me cayó simpático desde el principio, sobre todo por la originalidad de sus categorías, que iban desde hojas o cafeteras hasta “cosas chulas que curvan”). 




Según avanza el cuento, Tronquito decide que todos esos objetos pueden tener un uso más allá del originario: así que inaugura un museo, el “Museo de Tronquito”, que titula su cuento y en el que recibe a todo aquel que quiera visitarlo. Tras varias jornadas de ardua dedicación, Tronquito se da cuenta de que eso del museo es un latazo. Que al principio era divertido pero que, tras haberlo disfrutado, y mucho, echa de menos sus paseos bohemios por el campo. Y decide cerrarlo.

Sin traumas. Sin dolores de cabeza. Sin más. Ha llegado al final de una etapa y se dedica a hacer otra cosa. Porque sí. Porque le da la real gana.

Casi aplaudo al libro. Ante mí, y de la manera más simple, alguien acababa de dar con la piedra angular del asunto: que en la vida no pasa absolutamente nada por cambiar de opinión. “Estos son mis principios. Si no le gustan aquí tengo otros” que decía Groucho Marx.




El temor a ser juzgados muchas veces nos paraliza. No es lo mismo que “las circunstancias" empujen a alguien a un destino inesperado a que sea éste quien se convierta en kamikaze de su propio destino. La turba se le echa encima. Aunque la factura sea la misma, no se concibe igual.

Tronquito me pareció un tío muy valiente y su libro un regalo estupendo; el mejor modo de explicar a cualquiera que somos humanos con alma de gato. No importa gastar oportunidades porque tenemos de sobra. Siete, al menos.

Por eso, no lo dudé un instante y se lo regalé a mi hermana al cumplir los 30. Para que sepa que Tronquito también la entiende. Porque cada una de nuestras vidas tiene derecho a ser la verdadera.